Nuestro viaje comienza temprano, alrededor de las 7:00 de la mañana, cuando dejamos atrás San José para dirigirnos hacia uno de los lugares más fascinantes de Costa Rica: el Monumento Nacional Guayabo, en las cercanías de Santa Teresita de Turrialba. Son aproximadamente 84 kilómetros desde la capital, pero más que una distancia, este recorrido representa una transición entre paisajes, climas y ambientes que nos permiten descubrir una parte extraordinaria de la geografía costarricense.

Tomamos la ruta hacia Cartago y Cervantes, avanzando poco a poco hacia las montañas de Turrialba. El paisaje cambia conforme ascendemos y luego descendemos hacia las fértiles tierras del valle. A nuestro alrededor aparecen cultivos, pequeñas comunidades rurales, potreros y montañas cubiertas de vegetación. En días despejados, las vistas hacia las montañas de la Cordillera Central ofrecen un magnífico escenario para comprender por qué esta región ha sido históricamente una de las zonas agrícolas más importantes del país.

Nuestro destino se encuentra en las faldas del volcán Turrialba, en una zona donde la naturaleza y la historia se encuentran de una manera excepcional. El Monumento Nacional Guayabo protege un importante remanente de bosque pluvial premontano, además de uno de los conjuntos arqueológicos prehispánicos más importantes de Costa Rica. El área protegida comprende unas 233 hectáreas, mientras que aproximadamente 20 hectáreas corresponden al sitio arqueológico.

Al llegar, iniciamos nuestro tour arqueológico, normalmente acompañado por un guía certificado de la comunidad. El recorrido interpretativo tiene una duración aproximada de una hora y media y permite comprender cómo vivieron las sociedades que ocuparon este territorio mucho antes de la llegada de los europeos.

Guayabo no es simplemente un conjunto de piedras antiguas. Es el testimonio de una sociedad que desarrolló conocimientos importantes de arquitectura, ingeniería, manejo del agua, urbanismo y organización social. Las investigaciones indican que el sitio tuvo ocupación desde aproximadamente el 1000 antes de Cristo hasta el 1400 después de Cristo, aunque su mayor desarrollo se produjo alrededor del año 800 de nuestra era.

Durante el recorrido encontramos uno de sus elementos más impresionantes: los montículos. Estas estructuras circulares de piedra funcionaban como basamentos para viviendas y otras construcciones. Algunos se encuentran conectados mediante caminos cuidadosamente empedrados que conocemos como calzadas, verdaderas vías de comunicación que se extendían en diferentes direcciones.

Pero quizás uno de los aspectos que más sorprende al visitante es el extraordinario sistema hidráulico. Los antiguos habitantes de Guayabo construyeron acueductos abiertos y cerrados capaces de conducir el agua desde las nacientes hasta diferentes estructuras de almacenamiento. También se observan tanques y sistemas destinados al manejo del recurso hídrico. Esta capacidad para controlar y distribuir el agua constituye una de las grandes evidencias del conocimiento técnico alcanzado por aquella sociedad.

El recorrido también nos permite observar escalinatas, empedrados, puentes, plazas y otros elementos arquitectónicos, además de petroglifos y vestigios que todavía guardan muchas preguntas. De hecho, una de las características más fascinantes de Guayabo es precisamente aquello que todavía desconocemos. Los arqueólogos continúan estudiando el sitio para comprender mejor quiénes fueron sus habitantes, cómo se organizaba esta sociedad y por qué el asentamiento terminó siendo abandonado antes de la llegada de los españoles.

La importancia de Guayabo trascendió las fronteras nacionales. En 2009 recibió la designación de Patrimonio Mundial de la Ingeniería Civil, reconocimiento otorgado por la American Society of Civil Engineers debido a las extraordinarias obras de ingeniería desarrolladas por sus antiguos habitantes.

Después del recorrido arqueológico llega otro de los grandes momentos de nuestra excursión: el almuerzo. Nos trasladamos a un establecimiento de la zona para disfrutar de una gastronomía profundamente ligada a la tradición rural turrialbeña. Aquí la comida tiene otro sabor: preparaciones caseras, productos frescos y recetas que forman parte de la identidad de las comunidades de esta región.

Y, por supuesto, estamos en territorio del famoso queso Turrialba, uno de los productos gastronómicos más reconocidos de Costa Rica. Su presencia en la mesa nos recuerda que este viaje no solamente nos permite conocer la historia prehispánica, sino también las tradiciones productivas que continúan formando parte de la vida cotidiana de Turrialba y sus comunidades.

Después del almuerzo emprendemos el regreso hacia San José. Dejamos atrás las montañas y los paisajes rurales de Turrialba mientras la carretera nos conduce nuevamente hacia el Valle Central. Durante el trayecto podemos aprovechar para comentar lo aprendido durante la visita: la extraordinaria capacidad de una sociedad prehispánica para construir caminos, manejar el agua, organizar sus espacios y establecer un centro de importancia regional.

Finalmente, alrededor de las 6:00 de la tarde, regresamos a San José. Ha sido un día completo, pero sobre todo un viaje por diferentes dimensiones de Costa Rica: sus montañas, sus paisajes rurales, su gastronomía y, especialmente, la memoria de quienes habitaron estas tierras hace más de mil años.

Visitar Guayabo es, en definitiva, acercarse a una Costa Rica mucho más antigua que la que conocemos. Es caminar sobre las mismas calzadas que alguna vez recorrieron sus habitantes, contemplar los montículos que marcaron sus espacios de vida y descubrir que, en medio del bosque turrialbeño, permanece una de las mayores expresiones de la capacidad, inteligencia y creatividad de las sociedades prehispánicas de nuestro país.

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